Sigo dándole vueltas a la relación entre cultura y rock, y esta vez he decidido canalizar mis reflexiones a través de un cuento. Es un relato cargado de ironía, sarcasmo y esa dosis de ‘mala leche’ que dicta la realidad. Quizás sea el último que escriba; lo he titulado:
“El Reino de los Súbditos Sonrientes y la Libertad en Coma Inducido”
Érase que se era un país muy, muy cercano —tan cercano que si te descuidabas te tropezabas con él bajando a por el pan— que acababa de atravesar unos tiempos tan oscuros que las luciérnagas iban con batería externa. Harto de ser un cuadro en escala de grises, el país decidió modernizarse, actualizarse y meterle brillo como si fuese una carroza de carnaval político.
Y así, entre fanfarrias, discursos reciclados y mucho confeti institucional, se convirtió en una monarquía parlamentaria decidida a luchar porque los ciudadanos fueran lo más importante del reino. Ya, claro. Como cuando Rosendo canta en “Vergüenza Torera” (2013).
Montan la barraca y venga tiroriro
Y toma traca y daca y luego yo no he sido
Es evidente
Mienten
Continuamente
Mienten …
“haz lo que quieras, pero hazlo de una vez: prometer sí, cumplir ya tal vez”.
Al menos eso decía el folleto. Probablemente diseñado por el mismo que hace la publicidad de los turrones en verano.
Los comienzos fueron tan bonitos que daban dentera: gente feliz, participativa, sonriente… Si parecía que desayunaban arcoíris con fibra. Pero ya se sabe: cuando todo va demasiado bien, aparece alguien dispuesto a joder la estadística. O peor aún: los arlequines y bufones.
Estos arlequines y bufones —permanentemente sonrientes como un político en campaña o un teleoperador en su primer día— tuvieron una epifanía de madrugada: “Esto de la democracia está guay, sí… pero… ¿y si la dejamos de decoración?”. Así, como quien deja un jarrón para aparentar gusto. Y claro, surgió la pregunta inevitable:
¿Cómo montamos una dictadura con luces LED sin que se note?
La respuesta llegó como llegan estas cosas: entre cafés fríos, cinismo tibio y una mala idea que parece buena si no la piensas mucho.
¡Modifiquemos el sistema educativo!
Patxi Andión ya lo advirtió en su canción El maestro (1973): “enseñar es un bello riesgo”.
Con el alma en una nube
Y el cuerpo como un lamento
Viene el problema del pueblo
Viene el maestro
El cura cree que es ateo
Y el alcalde, comunista
Y el cabo jefe de puesto
Piensa que es un anarquista
Le deben 36 meses
Del cacareado aumento
Y él piensa que no es tan malo
Enseñar toreando un sueldo …
Y ellos, que de belleza saben lo justo, decidieron eliminar el riesgo. Fuera maestros que enseñan, dentro instructores que programan. Como Alexa, pero con oposición.
Porque dominar lo que la gente aprende es como ponerles un GPS a sus pensamientos: ya no hace falta perseguirlos, vienen solos.
Y ahí empezaron con sus eslóganes:
- “Vamos a hacer que todos sean iguales” (sí, igual de dóciles)
• “Vamos a llevar a todos a la universidad” (pero a pensar, poquito, no vaya a ser …) - “Vamos a conseguir que todos sean felices” (con felicidad tipo anestesia, sin efectos secundarios… para ellos)
Una fantasía pedagógica tan cutre que Rosendo ya lo resumió de lujo: “traga y no digas nada”.
Montan la barraca y venga tiroriro
Y toma traca y daca y luego yo no he sido,
Faena sin asumir por uno y otro lao
¿Qué vamos a discutir siempre a toro pasao?
Vergüenza torera …
Pero el poder, claro, no conoce límites. Igual que un adolescente con acceso a la tarjeta de crédito.
Así que fueron pasando gobiernos, unos más coloridos, otros más sosos, pero todos compartiendo la misma alergia a dejar el sillón. Cada cuatro años prometían que ahora sí iba a cambiar todo. Y cambiaba, sí:
para ellos, siempre para ellos. Para los demás, gracias por participar.
Y como ya controlaban la educación, pasaron al siguiente nivel del videojuego:
Vender la democracia a plazos, sin factura.
- Colocar jueces como cromos-
- Cambiar leyes a su antojo.
- Pactar con todo lo que respirase (y con alguna cosa que no).
- Susurrar, apretar, chantajear y volver a susurrar.
¿Y el ciudadano?
Pues convertido en un súbdito modelo “borrego premium”, con manual de instrucciones y todo. Rosendo ya lo clavó en Vergüenza torera: “siempre mirando al suelo”. Y qué razón tenía: la gente agachada no tropieza… pero tampoco avanza.
Y los señores feudales, orgullosísimos, convencidos de haber inventado la pólvora social: habían logrado que la gente creyera que era libre porque se lo decían… mientras los ataban con sedal invisible.
Un truco de magia tan miserable que Houdini vomitaría. Pero todo cuento político tiene una grieta, y por esa grieta entran ellos:
Los que, como el maestro de Patxi, conservan “la dignidad intacta” aunque les cueste trabajo, disgustos y quizá algún que otro expediente.
Las buenas gentes del pueblo han escrito al menestrerio
Y dicen que no está claro cómo piensa este maestro
Dicen que lee con los niños lo que escribió un tal Machado
Que anduvo por estos pagos antes de ser exilado
Les habla de lo innombrable
Y de otras cosas peores
Les lee libros de versos
Y no les pone orejones
Al explicar cualquier guerra
Siempre se muestra remiso
Por explicar claramente
Quién venció y fue vencido
Por estas y otras razones, al fin triunfó el buen criterio
Y al terminar el invierno le relevaron del puesto
Y ahora las buenas gentes tienen tranquilo el sueño
Porque han librado a sus hijos del peligro de un maestro
Los raros.
Los incomodos.
Los que no tragan, aunque les eches kétchup.
Los que no cambian espíritu crítico por un llavero del partido.
Ciudadanos que, en vez de escuchar consignas, escucharon rock.
Si, rock. Ese grano en el culo del poder.
El rock, que cuando suena, hace que pensar sea inevitable. Y eso al poder le da urticaria, porque ¿cómo controlas a alguien que está gritándole al mundo con una guitarra que “aquí estoy yo”?
Armados con riffs afilados, ideas punzantes y mala leche creativa, estos ciudadanos-rockeros intentaron despertar a los que dormían con la mantita del conformismo. Porque un ciudadano piensa, pero un súbdito solo asiente… y eso a ellos les venía muy bien.
El rock levantaba ventanas cuando el poder quería muros, agitaba corazones cuando el poder quería gente templada, y metía preguntas incómodas donde el poder quería obediencia con envoltorio biodegradable.
El rock es —como el maestro de Patxi— el recordatorio de que “la libertad se aprende”. Y una vez aprendida, no hay quien la devuelva. A partir de ahí podía nacer un orden nuevo: no un reino de súbditos domesticados, sino de personas que piensan, discuten, se equivocan, crean y, sobre todo, no aceptan la mentira como decoración institucional.
Centros educativos que fueran faros, no fábricas. Política que fuera política, no postureo. Cultura que fuera cultura, no publicidad del régimen.
Quizá —solo quizá— el rock podía volver a afinar las conciencias, desanestesiar cerebros y recordar a todos que la democracia no es un interruptor que se enciende cada cuatro años, sino un estado mental.
Por eso hay que recuperarlo, encenderlo, amplificarlo y, si hace falta, resucitarlo. Porque el rock no pide permiso. No pide perdón. No espera turno.
El rock te mira a la cara y te dice, como Rosendo: “dar la cara, no esconderse”.
Y como Patxi: “ser maestro es ser valiente”, aunque el sistema te quiera mudo.
Y colorín colorado, este cuento … NO ha acabado. Ni de coña.
Aquí empieza el ruido. Aquí empieza el despertar. Aquí empieza la mala leche organizada. Aquí empieza, por fin, la libertad.
Aunque desafine. Sobre todo, si desafina.
Que prometan colores, vendan obediencia y maquillen verdades: la libertad siempre rompe cuerdas, rasga silencios y hace temblar tronos. No se calla, no se apaga y no admite volumen bajo; golpea con ruido, pensamiento y guitarra, dejando claro que nadie podrá domesticarla.
Miguel Luis Carrasco Ramo 2026

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