Siempre me ha resultado muy interesante la aclaración que hizo en su día el escritor Camilo José Cela cuando se le recriminó un ataque de sueño latente en el escaño del Senado -qué sorpresa; si los escaños hablasen hoy en día-.
El degustador de gachas contestó a la recriminación con un: “no es lo mismo estar dormido que durmiendo. Porque tampoco es lo mismo estar jodido que jodiendo”.
Por esa razón, todos aquellos que padecemos esa enfermedad de tener que escuchar música al menos unas horas al cabo del día, y si no se dispone de ese tiempo, que compatibiliza con otras tareas fuera del horario laboral, sabemos los matices de esas aclaraciones.
Y es que, no es lo mismo escuchar que oír. Aquí, la diferencia se hace aún más clarividente, pues son dos verbos distintos.
Lo que no tengo tan claro es si el hecho de escuchar música sigue tan vivo como pudo estar en un pasado lejano o no tanto.
¿Quién no recuerda juntarse en época estudiantil en casa de algún amigo, todos en grupo a escuchar música? Seguro que todos de nosotros hemos llevado a la práctica ese acto cultural -sí, sí… no infravaloremos lo que somos-. Yo, sin ir más lejos, he comentado en más de una vez lo bien que nos venía que el hermano mayor de algún compañero de clase trabajase y adquiriese las novedades musicales. Era una sensación previa… extraña. Como ir a buscar un tesoro con las coordenadas exactas.
Por eso, te surtías de unas cintas de cassette -benditas “tedekás”-, acudiendo a la audición con la esperanza de tener hasta algún hueco de tiempo para apuntarte los títulos de las canciones que formaban parte de esa primicia del Rock. Y si no, te tocaba ir a una tienda de discos y anotar allí las composiciones, cara A y cara B, ante la mirada de sorpresa de más de uno.
Me vienen a la cabeza tardes post aulas, en las que hasta una docena de chavalería que componían aquellos cursos diversos, del A y del B… y hasta el C -vivan aquellos baby booms setenteros- ponían con un silencio sepulcral sus oídos al servicio del rock estatal e internacional.
Hasta que la memoria me lo permita, tengo frescas esas imágenes, con gente que a día de hoy muchos hasta renegarán de su pasado, aunque otros no; me consta que, en mis regresos al barrio, algunos siguen luciendo camisetas de Slayer con la misma elegancia y actitud que grasa abdominal y alopecia. El paso del tiempo nos atrapa a todos, y el que no lo quiera asumir… allá él, la vejez es un grado, y sin ella la experiencia no sirve de mucho.
Así que, como vana -o no- reflexión, mis cavilaciones se han quedado hoy dando vueltas en la rueda de hámster con la apreciación entre oír y escuchar, y en su consiguiente diferenciación.
Oír, lo que se dice oír… oímos muchas cosas, y que están de más… bastantes. Oímos llover, despertadores, políticos a tutiplén, sandeces…. Y palabras duras… un, dos… un, dos, tres… que avanzaba el preludio de “La silla eléctrica” de los más grandes de Navarra y del mundo mundial.
Pero, escuchar… lo que se dice escuchar, es lo que hacemos cuando sacan algunos de nuestros grupos de cabecera o nuevos algún trabajo musical.
Por lo tanto, seguid sacrificando horas con la atención debida a esas pistas que salgan de cualquier reproductor. Porque ese acto, además de contener también algo de rebeldía, dice mucho de la inquietud CULTURAL de cada uno.
Y lo dicho, mientras mi disco duro cerebral no me traicione con un formateo por la espalda, en mi memoria seguiré conservando aquellas imágenes de un unos adolescentes, con sus pantalones ajustados, sus camisetas, sus folículos pilosos en pleno esplendor y sus John Smith… escuchando lo nuevo de los Maiden ‘Seven Son of a Seven Son’, los Judas ‘Ram It Down’, o descubriendo a unos germanos de Hamburgo con una calabaza como emblema que acababan de tocar en España teloneando a Ronnie J. Dio en su gira de ‘Intermission-Dream Evil’.
Escuchad, escuchad… malditos.

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