En ocasiones, al anochecer, para ser más concreto… intento visualizar con los ojos cerrados aquellas paredes preñadas de míticas portadas. También aquel techo forrado de carteles, cobijándonos de tempestades a modo de pretéritas noches de rocanrol.

Y a veces… muchas veces, me acuerdo de todas las personas que por allí pasaron; de sus sonrisas, sus complicidades, de aquella camaradería libre de contraseña impostada.

De repente, asoman en cada estrofa sus rostros, alumbrando estribillos con la luz cálida, encadenando palabras para soltarlas dando sentido a conversaciones, mientras la catalítica libraba de todo frío acumulado a los gatos.

Son un montón de recuerdos, y los sentimos como lo que son: instantes que por mucho que se asomen a mirar jamás caerán al pozo del olvido, sino que resbalarán encerrados en un bucle por el tobogán de una época que no volverá, pues lo irrepetible, por duro que resulte, no retorna al lugar donde una vez estalló de felicidad.

Quizás ese lugar, El ROXY, se encargue de recordarnos que fuimos los personajes que el insomnio engendró y la imaginación los echó a patadas de un mundo que no nos cuadraba. De tal forma que, entre canciones y más canciones… nos cobijó en su universo, tan fantasioso como real; inmortalizando aquellos momentos allí vividos entre cantos sin respiro y carcajadas que rubricaban cada frase.

Y ahora, seguro que daríamos más de lo que muchos piensan por volver a ocupar aquellas sillas, por sentarnos en aquellos taburetes…  y por clavar los codos en la barra de El ROXY. Y de esa forma, anclados en su espacio, mirarnos las caras… por si acaso al bajar la persiana no nos volviésemos a ver nunca.

Es evidente que, con el espíritu huérfano de sonoridades familiares peregrinamos por otros bares, y que… sobra afirmar que nunca fueron como El ROXY, porque El ROXY significó para nosotros algo más que un bar… fue un hogar.

Y sin aquellas paredes llenas de vida optamos por agarrarnos por instinto a otras tablas que nos mantuviesen por lo menos a flote, aunque conscientes de que nunca más nadaríamos con la soltura que los rocanroles allí vividos nos enseñaron.

Un favor: seguid conservando en la memoria aquellas tardes, noches y hasta amaneceres que El ROXY nos regaló en nuestro papel de testigos. Y navegad (a muerte) de polizones en los barcos del recuerdo que bordean con alevosía y nocturnidad los archipiélagos de lo inolvidable.

Por eso, a veces… nosotros, los personajes de su obra, viajamos en infinitas canciones. Y hasta puede que… no salgamos de nuestro asombro y nos quedemos como estamos. Que desaparezcamos antes que otra vez suelten palomas. También, puede que miremos sin ganas el reloj…y que nos den las diez. Puede que si nos dejáis… seamos la última generación. Puede que por una vez en la vida… la pasemos entre andenes. Puede que no estemos en lo cierto… pero lo cierto es que estamos aquí: y eso, creedme, sí que son maneras de vivir.

Ahora ya sabemos que el rocanrol es un arte y nosotros… tiras de piel y estrofas de una canción.

El ROXY pa’ siempre… Gracias por lo vivido en ti.