Hace tiempo, mientras comentaba mis manías con el sonido o las producciones de los trabajos musicales con un reputado músico y compositor, me comentaba que, los discos, incluidos los de su banda, sonaban muy semblantes y en ocasiones hasta demasiado pulidos. A mí, que siempre me ha apasionado el sonido en sí de lo que es un disco, puesto que, cuando se logra la conjugación del binomio perfecto de: Buenas canciones + Producción acertada = Clásico llamando a las puertas de la posteridad del Rock y del Metal, en rara ocasión pasa un trabajo desapercibido.

En mi caso, que no tengo ni estudios musicales ni formación técnica al respecto; más bien me considero un “escuchante empedernido”. Pero digamos que esas apreciaciones o manías (depende de cómo lo miremos), vienen dadas al haberme empapado de música durante horas y horas, en años y años que acabaron siendo lustros. Así, aprendí a diferenciar estilos. A escuchar detalles. Para eso, ponerte los auriculares medianamente bajos de volumen, hace que afloren detalles de esos escondidos, que a grosso modo suelen pasar desapercibidos.

La imagen del productor o su importancia, ya no es igual que antaño. Lo digital evidenció un avance a la hora de pulir las producciones en la mayoría de los casos. Y es por ese mismo detalle, por lo que creo que se perdió cierta frescura. Recuerdo que, por ejemplo, cuando estaba allá por el 1993, adquiriendo mis primeros cedés, existían algunas cosas que no me cuadraban. Por ejemplo: Motörhead, Ramones, ZZ Top, etcétera, me estaban sonando extremadamente extraños en el soporte digital. Había cosas que se me escapaban. Lemmy y sus secuaces no sonaban lo suficientemente sucios, los de New York dejaban a la vista una pulcritud sonora que no se correspondía para nada con su sello de identidad… y los de Texas, me sonaban incluso a discotequeros o a pista de baile ochentera a la hora de los restos del naufragio y de la pesca de arrastre alentada por la exposición nocturna a la cerveza.

Cuando me empecé a empapar de los discos que me marcaron durante la adolescencia, un dato curioso es que siempre miraba de enterarme del nombre del productor. Incluso, cuando se anunciaba el nombre del que iba a dirigir los controles en el estudio de grabación y ante la futura salida al mercado de un trabajo musical, solía entretenerme en imaginar cómo sonaría ese disco de tal banda en manos del productor que produjo a otra, y así repetidamente. Una anécdota, es cuando con dieciséis años, nos fuimos un domingo por la tarde mis colegas y yo a un pub heavy de la Calle Escudellers, que en la década de los sesenta, como muchos de ellos, entre los que se incluía éste, fueron prostíbulos a disposición de los Marines que recalaban en el puerto de Barcelona. De ahí su diseño interior, poco convencional para un garito jevimetalero. Pero eso, que me voy por las ramas… que inmersos en una tarde bochornosamente mediterránea, de principios de septiembre, visionando en la pantalla del Tabú el nuevo estreno de Metallica: “Enter Sadman”, fue acabar el video clip y … entre comentarios tipo: “comerciales, muy comerciales”, “prefiero el “And Justice…”, “Pues, no sé, pero a mí me ha gustado”, etcétera. Yo, recuerdo que a sabiendas de que sabía con anterioridad que Bob Rock produciría el “Black Album”, añadido a mi manía de escuchar inmediatamente el “Dr. Feelgood” de Mötley Crue, tras haber leído el Popu o la Metal Hammer con dicha noticia, tardé poco en soltar mi particular opinión: “Me gusta. La batería suena como la de Tommy Lee”. Y eso no era mérito o desmerito de uno u otros, eso era la mano del productor y el peso que por aquel entonces tenía él y sus compañeros de mesa botonera. Años después me enteré que los de San Francisco se fijaron en él por el disco de los Mötley.

Por eso, cuando alguien insiste en que todos los discos de AC/DC suenan igual, suelo rebatir, sin dar tiempo a que una mosca se me cuele en la boca, que no, que de eso nada. Podrán ser muy parecidos en composición, calcados en ocasiones, o hasta para algunos (no para mí) repetitivos… vale, pero que suenan igual en todo… no. Y eso, se nota cuando los han producido los otros Young, o cuando lo hizo Bruce Fairbairn (Bon Jovi, Aerosmith, etc) con “The Razors Edge”. Tal vez, “Thunderstruck” no hubiese quedado tan pomposa, pero ese disco tiene esa impronta y como tal se agradece. Al igual que siempre agradecí que Rick Rubin se pusiera a los mandos de la nave australiana con “Ballbreaker”. Tal vez, este último, sea el productor de los productores. No por sonido, que también, pero sí que por lo que imprime a la banda, ya que acaba siendo un consejero e incluso erigiéndose en la figura de un guía, sin llegar a los extremos del excéntrico Phil Spector, que registraba a los Ramones apuntándoles con un arma. Un tipo capaz de producir a grupos de rap y grabar una obra capital del Trash Metal (“Reig in Blood” de Slayer), o que puede decir que resucitó a un Johnny Cash vilmente condenado al ostracismo. Eso, junto con parte de su curriculum: Tom Petty, Metallica, etcétera… hacen de él más un gurú que un productor.

Así que, siempre nos quedarán las comparaciones, que, en este caso en concreto, el de las producciones, no tienen por qué ser odiosas, ni mucho menos. Porque, por mucho que se pula el sonido y las afinaciones y las mezclas rocen la perfección… Accept nunca sonarán con otro como lo hicieron con Michael Wagener, y no digo mejor, sino… genuinos, a ellos. Si cuando hablamos del Milenarismo, lo primero que nos viene a la cabeza es un Arrabal embriagado y entregado al debate televisivo fruto del directo cubateado, cuando mentemos al Sr. Wagener, serán esos discos de Accept los que trepen por nuestra mente al galope de su sello particular. Añadir que, “Master of Puppets” también lo produjo él, poca broma eh.

Mención aparte, se merece Martin Birch, el cual debería figurar en los altares del Rock,  sin cuestiones incuestionables. Porque, este señor, además de producir el “Made in Japan”, fue el culpable de que una generación de bandas, tuviesen unas señas de identidad afines (New Wawe British Heavy Metal), a pesar de sonar diferentes entre sí, pero unidas por un tipo de sonoridades que supo atrapar lo que Black Sabbath, Rainbow, Deep Purple y Whitesnake desgranaban desde una pecera o desde un escenario. Y lo que este hombre hizo con Iron Maiden durante sus primeros ¡Nueve discos! Es para sacarse el sombrero y arrodillarse ante el ecualizador del reverb.

Buscad en la contraportada, allí figuran la mayoría de ellos. Gracias por contribuir a nuestro perenne enganche al Rock y a esos sonidos que son nuestro abecedé musical.