Aquí de nuevo, enfundado con la chupa del abuelo cebolletas y arrojando a un oceano de cristales rotos todas esas reflexiones que se suelen apoyar en una barra de bar cualquiera en la noche de los tiempos; allí donde los surtidores y grifos de cerveza, enseñan sin pudor alguno su condensación ante la vista de la parroquia, envolviendo en vidrio opaco todas las conclusiones que el mundo del Rock nos brinda en comunión con nuestra pasión: llámese megalomanía.
Pues bueno, sin más preámbulos, voy a intentar exponer algo del coloquio sobre el que hoy derrapaban las dos neuronas a las que suelo recurrir cuando lanzo contra las paredes de mi mente, cual frontón Jai Alai de Gernika, esas cavilaciones rockeras que tanto me atraen y me desvelan del sueño reparador ese que dicen los profetas del descanso.
En fin, que entre tanta bolea y repiqueo cerebral, mientras escuchaba de fondo uno de esos directos que, pese al paso de los años, sigue conservando más frescura que un rodaballo recién pescado en la ría de Vigo, saqué algunas conclusiones. Estoy hablando del mítico “On Stage”, de los no menos míticos Rainbow de aquel 1977 al que la presbicia ha robado su nítida claridad.
Aún me veo: un chaval, con doce años, tras pasar el ecuador de la década de los ochenta, escuchando en la oscuridad de la habitación ese disco parcheado, porque hay que reseñar que parece un collage minimizado de lo que tendría que ser un recital entero de Blackmore y los suyos en aquellos tiempos. Pero bueno, que con aquella cinta de cassette para ser más concreto, uno se ve transportado a otro mundo; imaginando los movimientos del gran Ronnie J. DIO (en mayúsculas siempre), con el previo cosquilleo en la tripa al sentir la intro que empleaban para dar el pistoletazo de salida a sus shows por aquel entonces: un fragmento de la película “El Mago de Oz”, y esa Judi Garland aportando su inocente voz.
Ahí, sentías la magia del directo. A los que todavía no podías asistir. O acudías a las puertas a ver el ambientillo y captar todos aquellos vatios que burlaban las paredes del recinto. Me acuerdo especialmente del Monster of Rock con Iron Maiden, Metallica, Anthrax, Helloween y el tristemente desaparecido Manzano. Y como cinco chavalillos de barrio, nos dábamos por medio contentos escuchando desde fuera de La Monumental de Barcelona los set list de las citadas bandas, con una legión de policías nacionales delante, mirándonos con cara de “si fuerais nuestros hijos os mandábamos para casa de un porrazo a estudiar”, y quitándonos de encima como podíamos –el adoquín de la calle es quien enseña así– a los manguis que querían que contribuyésemos con alguna libra a su bolsa, con la intención de comprarse por la cara una entrada en taquilla. Pero… a lo que iba: los directos de las bandas eran algo muy serio. La guinda del pastel, vamos. Yo, personalmente, prefería que los sacasen con cuatro o cincos discos de estudio como mínimo en su bagaje discográfico. Pues siempre he defendido que, cuando mejor está una banda de forma, es justo en ese intervalo de tiempo que va del tercer al quinto disco. Bueno, con mis Barricada sucedió tras el sexto. Son excepciones, pero es que aquel directo del año 89 y al que tuve la suerte de asistir en la cita del Palau d´esports, en plena adolescencia, era y es… eso: una excepción. A mí, me ha gustado definirlo siempre como el “Made In Japan” peninsular. Aunque ahí, cada uno tendrá su preferido, lógicamente. Pero ojo, que no andaba por aquel entonces el panorama nacional huérfano de buenos directos, ya a finales de los ochenta, ya figuraban en nuestras estanterías el “Suave Es La Noche” de los ourensanos por excelencia más Suaves, o el “Directo” de Leño. También estaba el “Barón Al Rojo Vivo” de Barón Rojo, el “Directo” de la Sala Jácara de Rosendo… y algunos otros más. Incluyendo a veces sus temas parcheados de varios conciertos, cosa que con el tiempo, creo que hubiese sido mejor grabar todo en una toma, o un concierto entero, para ser más conciso.
Hubo hasta compañías que emplearon sus malas tretas. Jugaban al despiste, o mejor todavía, a engañar al aficionado del Rock con títulos que llevaban a la confusión, como fue mi caso con el “Indirecto” de Leño. Me gasté la pasta ahorrada en esa doble cinta, pensando que se trataba de una recopilación o concierto, pero en vivo, no un “Grijits” o un conato similar. Y… nada más lejos. Se trataba de las mismas canciones que ya tenía en otras cintas, y que seguramente, quedaba superada en cantidad y coherencia de orden en las recopilaciones que yo mismo me grababa.
En el panorama internacional, la lista tal vez era más amplia. Me voy a dejar muchos discos míticos en vivo, seguro, pero así, a bote pronto, me viene a la cabeza el “Tokyo Tapes” de Scorpions; un decálogo de cómo tiene que sonar un disco en directo, pero claro, luego llegó el “World Wide Live”, que bien merecía haber sido bautizado con el nombre de “Californiaaaaaaaaaa”, ya que son “pocas” las veces que el bueno de Klaus recuerda el lugar en el que están descargando su material. Rememoro ahora el ritual de pincharlo. El darle la vuelta a cada cara de ese disco y notar hasta el calor de aquella noche californiana en un estadio abarrotado, mientras “The Zoo” viene dando zancadas hacia nuestros tímpanos, acreedora de un blues sincopado, tras pasar por la picadora de los cinco de Hannover. Qué delicatesen.
Supongo, que, debido a que contaban con más medios y las unidades móviles eran de una calidad puntera, fuera de la península, nos sacaban ventaja en cuanto a lo del sonido. Supongo no… seguro. Aquí, no voy a entrar en si este directo es mejor que el otro ni nada parecido, pues creo que tienen cada uno de ellos su vida propia. Corto y sublime me parece el “If You Want Blood…” de los AC/DC con Bon Scott al frente. Se podrían encender las bombillas de casa con los zarpazos de Malcolm y Angus desgranando “Riff Raff”. Con Black Sabbath el tema trae cola. Ahí tenemos a “Live Evil”, el resultado de que saltasen chispas y acusaciones de subir la botonera con alevosía y nocturnidad entre Ronnie y el tándem guitarrista–bajista de la banda por aquel entonces: Tommy y Geezer. El asunto tuvo sus consecuencias, y en este asunto, el cantante optó por coger las de Villadiego. Y aquí, voy a ser tajante… pues considero que el mejor disco en directo de los de Birmingham fue el que hizo con todo su resquemor hacía sus antiguos compañeros Ozzy Osbourne. “Speak of the Devil” cuenta con un aura cautivadora, difícil de explicar. Brad Gillis, su guitarra por entonces, no sólo tuvo la ardua tarea de sustituir a Randy Rhoads, sino que se puso en la piel de Tony Iommi majestuosamente en esos cortes. De cum laude, sin duda.
Los hay que rozan la perfección, como creo que es el caso del “Live After Death” de Iron Maiden, aunque me siguen sonando en esos surcos algo revolucionados. Por su parte, el púbico, a veces suena a trucaje; sin llegar, claro está, a lo que hicieron posteriormente Guns And Roses con “Live?! Like a Suicide”, en el que se rumoreó, con más peso en la balanza de lo cierto que en la de lo falso, que la audiencia que cobraba protagonismo en ese disco pertenecía a un concierto de DIO. ¿Qué me dices eh?
Sigamos con la dulce farsa de los que tienen truco. No hace falta ser un Hércules Poirot del rock, para saber que producto de esa perfección sospechosa y basándose en lo que se llamaría la cirugía estética de los directos, iban a recaer todas las sospechas sobre algunos casos con más fuerza, como por ejemplo el “Strangers in the Night” de UFO. Mucho se comentó acerca de si había sido retocado. Incluso, en algunos de aquellos trabajos en vivo, se rumoreó que habían sido interpretados de cabo a rabo en el estudio de grabación, metiéndole el bullicio del público enlatado. Y ahí es donde encontramos al top one de los directos que no lo son. Sin lugar a dudas, aquí se presenta ante ustedes, previo saludo con la chistera impoluta de la perfección: el “Live And Dangerous” de Thin Lizzy. Popularmente, es el que se lleva la palma en este apartado. Tampoco hay que pasar por alto los dos primeros directos de Judas Priest, “Unleashed In The East” y el si no quieres falso directo… toma ración doble: “Priest… Live!!!”. Aunque un servidor los defienda a ultranza, y se niegue a aceptar cada vez que los escucha que están trucados. No estamos hablando de una mojiganga de “Milivanilis” que no se han molestado ni tan siquiera en afinar su instrumento, nada más lejos. Al fin y al cabo, también interpretan las actrices y los actores a un personaje cuando visionamos una película, y sin embargo, nos creemos que lo que estamos viendo es así y real. Por lo tanto, y por mi parte, cada vez que a mitad del “Breaking The Law” se haga ese mini parón en el que las guitarras de Tipton y KK Downing juegan al amago con la batería, hasta que vuelven a arrancar en una comunión con el público que te dispara las pulsaciones… seguiré creyendo ciegamente que aquello sonaba así y punto pelota. Que se trataba de un concierto sin trampa ni cartón y que todo sucedía en ese mismo preciso momento.
Así que, nunca dejéis de creer en la magia que os atrapó en la adolescencia, porque entonces… ¿Qué os queda? ¿Un futuro crudo que se morree con la resignación, bajo el techo del pragmatismo y con el que nos dibuja el poder nuestra existencia domada? No, no. Para nada. Por los dedos encallecidos de Cliff Burton y Steve Harris juntos, que eso no es lo que nos merecemos, ¿no?.
Por lo tanto, la magia se crea y los trucos nunca se cuentan. Y si se da el caso de que sean desvelados… haremos como que no hemos oído nada, pues el misticismo musical prevalece por encima de la ley de la cruda y dura realidad.
Como nos recordaba siempre el sabio de Lemmy antes de empezar un concierto: “We are Motörhead, and we play R´N´R”. Quedaos con eso. Es más que suficiente.
Luces, amplis y… rockead malditos… rockead.

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