DOCU-MENTALES

Ya hace años que me declaré un firme defensor de los documentales sobre  bandas, artistas, festivales, o todo lo que pueda tener relación alguna con el mundo del rock.

Recuerdo que, cuando vivía en mi ciudad, Barcelona, deseaba ansiosamente la llegada del Festival In-Edit, en el que buceaba por la extensa y variada gama de documentales que se ofrecía durante los días que dicho festival duraba. Al ser proyectados en salas de cine, evidentemente, la experiencia ganaba en imagen y sonido. Algo que siempre me ha parecido una buena idea: la de trasladar también la música a los cines..

Allí, descubrí el documental sobre el conjunto de heavy metal Anvil. Una visión distinta de la que se puede tener acerca de lo que es una banda del género y de sus integrantes. En esas proyecciones, te adentrabas en las tripas de la banda, y veías la cara b del negocio. Un día… estabas en el cartel de un Monster Of Rock, como otro, intentabas llevar a cabo tus funciones laborales repartiendo el catering por las escuelas y aprovechando las vacaciones para ir a Europa y recorrerla, en una nefasta gira, mal organizada, viajando hasta en trenes de cercanías; mostrando así, la visión más Dickensiana de la música.

 

 

Así, a bote pronto, recomendaría documentales como el de “Don´t Stop Believin´. Everyman. Journey”. Una curiosa historia centrada en el grupo de AOR Journey. Un documento que gira en torno a un conjunto de casualidades e historias de esas que ni el mejor guionista de Holywood lograría imaginar: concretamente, la de Arnel Pineda… un cantante filipino que sobrevivía por los peores barrios de su ciudad, rozando la mendicidad, y que por una coincidencia del destino, lo descubre el guitarrista de Journey para cubrir la vacante de vocalista en la mítica banda norteamericana.

También, de ese estilo es el documental sobre el cantautor Sixto Rodriguez (“Searching for a sugar man”). Otra de esas historias que rozan lo épico e increíble. La de un hombre que está a punto de conseguir el éxito, pero que por una mala gestión discográfica, acaba condenado al olvido. Su vida, transcurre como la de un obrero de la construcción más. Hasta que, décadas después, una casualidad –otra. Eso que yo suelo llamar destino–, lleva a que dos megalómanos investiguen el origen de un disco suyo, y descubran que en Sudáfrica fue un ídolo de masas, en un anonimato completo ­–eso sí que es complicado de conseguir eh–, dándolo incluso, desde hace años por muerto. Seguramente, mientras el bueno de Sixto volvía a casa con sus harapos envueltos en polvo de escombros, sus discos giraban en los platos de miles de hogares en la otra punta del mundo. Y claro, alguien se hacía rico a su costa. ¿Quién? A saber, como me suelo recordar a menudo a mí mismo: en este mundo hay más tiburones que mares. Así que nadie se extrañe.

 

 

El del irrepetible líder de Motörhead, Lemmy Kilmister, es otro de esos que bien merece invertir una hora y media de nuestra vida. Al igual que: “Heavy Metal”, un documental en el cual Sam Dunn; un antropólogo que tras un exhaustivo estudio sobre este estilo musical, saca conclusiones y hasta realiza una tesis doctoral, en la que muestra toda la ramificación que dicho género va multiplicando con el paso de los años. Una muestra que se escapa de lo musical y trasciende sin titubeo alguno hasta lo social.

A nivel estatal, me gustaría encontrar más documentales de los que se han realizado. Primero, porque creo que existe contenido, bandas y público suficiente. Pero ahí, supongo que el tema económico –¡Qué extraño!–, vuelve a ser lo que impide una prolífica oferta para el consumidor. Producir sigue siendo una encomienda que baila entre la dificultad y la utópica ilusión.

Está el de Barón Rojo, el de La Polla Records, el de Ilegales, El Drogas, La Banda Trapera del Río y algunos más. ¿Muchos? Nunca son demasiados, cuando hablamos de nuestro Rock y de nuestra cultura. Siempre pongo un ejemplo: me parece increíble, que un ícono del Rock peninsular como ha sido Rosendo Mercado, no cuente con un documental en toda regla que muestre su trayectoria. En el que quede reflejado –guste o no… a mí mucho– su bagaje e importante aportación al universo musical del país. Lo mismo con Barricada, Siniestro Total. La aventura mexicana de Ángeles del Infierno… las derivaciones de Banzai y sus componentes, etcétera.

 

 

Iba a poner una lista de recomendaciones, pero es que… seguro que me olvido a muchos. Por lo que invito a que cada uno busque y rebusque por su cuenta, que seguro que encuentra el ideal para su deleite. Aunque, me permito la licencia de hacer hincapié sobre uno en cuestión; en el que desde mi modesta forma de ver, se pone el foco y se ilumina con gran acierto a esas mujeres que fueron pioneras en el mundo del Rock duro. Puesto que, es sabido por todos, que esos terrenos destilan un machismo mayor del deseable –ninguno, sería lo ideal–, pero que al igual que la sociedad… tristemente tampoco se escapa de dicha lacra.

Me estoy refiriendo al documental “Ellas son eléctricas”, dirigido y producido con una maestría digna de alabar por dos personas que saben bien lo que quieren reflejar con este documento tan completo. Estoy hablando de un trabajo de investigación, llevado a cabo por Leo Cebrián y Paco Manjón. En el que se incluye una muestra de material fotográfico, basado en la figura de esas mujeres que fueron reclamando su merecido y lícito puesto en el mundo del Rock. Una escena dominada por hombres. Por lo que, además de un documento de obligatorio visionado, se convierte también en todo un homenaje a estas heroínas, que con su valentía y pasión por la música aportaron mucho más de lo que a nivel general se les ha reconocido.

Personalmente, creo que los documentales aportan otra visión, y hasta ampliar su campo de visión. En estos tiempos, en que la tecnología ofrece tantas cosas –también las quita, ojo–, podría ser una buena idea proyectar conciertos y documentales en salas cinematográficas con una mayor regularidad. Es otra forma de acercar el mundo de la música al público, o mejor aún, unir dos mundos sobre una misma esfera, que al fin y al cabo no dista tanto, ya que respiran el mismo oxígeno, que no es otro que la cultura.

Juan Álvarez López «El Letrastero»