¿Nunca os habéis parado a pensar que estamos todos de paso por la vida? Pues sí, están de más las cavilaciones, no sirve de nada darle vueltas al tema, porque… nada por aquí, nada por allá… pues eso, que no somos nada.
La parca tiene estos caprichos –dolorosos, pero que no se le olvide a nadie: que somos muy de ella–. Primero recibes el azote de ver que se lleva a progenitores, amigos, etcétera, y luego… ese vacío que nos inunda, abnegando cada uno de los socavones en los que celosamente guardábamos las sonrisas, los besos, los abrazos, los guiños y demás gestos con esas personas, ahora ausentes.
¿Y a qué recurrías para aliviar ese dolor? No, lo de la botella transparente sin etiqueta a la vista y el vaso ancho repleto de whisky, que te lo bebes como si fuese agua, no se corresponde con la realidad; eso ocurre únicamente en las películas. Pues eso, que, en esos momentos, echabas mano al saco de las canciones que habitan los surcos y las pistas de los vinilos o cedés.
Lo amargo del asunto, es cuando los protagonistas de esa banda sonora que te ha acompañado casi en la totalidad de tu vida son raptados por ella –la que no viene en balde, que canta Vito de Sínkope– y caes en la cuenta que ya no dispondrás de más gemas originales. Que la sensación de hormigueo en el estómago, junto con la percepción auditiva y cerebral que experimentabas cada vez que te preparabas para la audición de un nuevo trabajo de cualquiera de tus grupos de cabecera, empieza a menguar como las margaritas que deshojan los bufidos del viento en las secuencias cursis del séptimo arte.
La lista es cada vez más amplia. Aquello de: “los viejos roqueros nunca mueren” es una mentira más, una de tantas. Porque sí, se mueren.
Una cosa es adentrarte en el mundo de la música y encontrarte a bandas huérfanas de algún componente, o artistas que se despidieron de esa escena, y otra muy distinta, es que desaparezcan los artífices de poner música y letra a lo que has vivido hasta el momento. Que vuelen lejos, donde ya no les veremos; encargándonos las copias de su legado, de su arte. Y partan sin hacerse notar mucho, porque hasta para eso tienen clase.
Malcolm Young, Boni, Ramones al completo, Joe Strummer, Ronnie J. Dio, Jorge “Ilegal”, Ozzy, Tom Petty, Lemmy Kilmister y ahora… Roberto Iniesta o Robe –y no Robe Iniesta, que así no le gustaba que le llamasen… ¿oído fanes mediáticos?–. Que… por muchos conciertos que servidor haya asistido de Extremoduro y de Robe –No es por chulear, faltaría, pero desde el principio hasta el fin– nunca me he encontrado con esos periodistas de la primera división, ni mucho menos a esos políticos que suelen pasearse –los señoritos no corren… sudarían– por el carril derecho de este patatal por el que millones de personas intentamos controlar nuestro balón sin torcernos un tobillo.
Porque… igual habría que ir desinfectando ciertos escaños y alguna que otra silla de montar –joder, qué culpa tendrá el caballo–. Porque esto empieza coger un tufillo a alcanfor que se antoja alarmante, por no sacar a la palestra el sabor a rancio de cada una de las frases que escupen.
Robe: gracias, porque me olvidé de poner muchas veces los pies en el suelo y me sentí por ello mejor. Hasta siempre, siempre… siempre.
Jorge: agradecido también. Hoy somos jóvenes… mañana habremos sido.
Que el infierno me espere largos años, y la muerte me perdone por mi ausencia.
Sit Tibi Terra Levis.
Juan Álvarez «El Letrastero»

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