“Será que progresamos adecuadamente…”
Me asusta, mucho más que asombrar, todo lo relacionado con el progreso cuando éste coge una velocidad de vértigo y sale propulsado hacia arriba. Sobre todo, debido a que, cuanto más grande es la altura que alcanza, mucho más fuerte suele ser la caída. Y, otra cosa que no se debe para nada obviar: es que nosotros, los terrestres… pululamos por ahí, hasta el punto de que podemos ser unos blancos perfectos para ser aplastados por el tan avanzado, tirao pa´lante y dicharachero progreso.
Esto viene a cuento porque tras leer una noticia acerca del revuelo y suspicacias que ha levantado el single del nuevo trabajo de los Rolling Stones, en el cual se afirma que Mick Jagger ha echado mano del autotune para modular con exactitud y corregir posibles fallos de su voz, me ha picado la curiosidad y me he rascado en la reflexión sobre tal circunstancia.
Pongámonos a buen recaudo del conocimiento con estas armas de “progreso”. Cuando nos hablen del autotune, debemos saber que se trata de un modulador de la voz. Sirve también para parchear y solucionar errores en las grabaciones musicales. Vale, ¿y eso es… bueno o malo? Supongo que, como todos tenemos culo, todos también tenemos opinión. Y opiniones, al igual que culos, las hay diversas.
He leído que –porque en la ignorancia que me corresponde, se me escapan muchos aspectos técnicos, desconociendo otros más–, esta herramienta se viene utilizando desde finales del otro siglo. Y seguramente, he asistido a más conciertos de los que creo, en los que han estado estos avances presentes. Puede que, hasta en muchos de esos en los que horas después transmitías en algún garito de la ciudad tu propia crónica, mediante comentarios del tipo: “Supremos. En esta ocasión… han sonado como nunca, eh”, haya estado el autotune como protagonista anónimo, de tapadillo. Y, sin embargo, todo haya sido perfecto. Bueno, todo no, pero en parte… gracias a las herramientas que el progreso nos pone al alcance de la mano al propio ser humano sí.
Con esto no pretendo ser excesivamente crítico, ni anclarme en una época que ya pasó, porque soy el primero al que le gustan que las cosas suenen bien. Pero… no sé, en ocasiones, creo que con tanta claqueta en directo y demás, se mata un poco a la naturalidad. Sucede lo mismo con el ciclismo. Yo, lo tengo claro: erradicaría el uso del pinganillo, porque resta ese punto de improvisación y hasta de instintiva reacción (arranque) que tenemos las personas.
Y a todo esto, he llegado, porque uno, que creció musicalmente en la época de los videos Beta y VHS, de vez en cuando rebobina a otras décadas en un acto de refrescar la mente y el oído. Y entre esos recuerdos, asoman sus cabezas, aquellas cintas que perdían su virginidad con el roce de los cabezales del aparato reproductor de video, qué cosas tienen las cosas eh.
Una cinta a la que le amagabas su grabación con el pause; a la espera, cual francotirador, del: «ahora… ahora salen». Entonces era cuando la presentadora o presentador del “Tocata”, “A Tope”, “Rockopop”… etcétera, daban la introducción al estreno de ‘Heatseeker’ de AC/DC, del ‘Can I play with madness’ de los Maiden, o que provocaba que aquellos jovenzuelos de E.G.B. asistiéramos al otro día a clase tarareando “… Bonita de cara, boquita pintada”, “… Y afuera, si corre ventolera, ¡qué más da!”. Por no decir lo contenta que se puso la teacher cuando se nos cruzó volviendo del recreo, balón en mano y con barro hasta los párpados, cantando por Warlock un ‘All we are, all we are, we are. We are all, all we need’ más mediterráneo que el Serrat.
Puede que, sea por ello, que ahora sí que existan cosas positivas del progreso a las que echar mano. Tal vez, sea por ese trauma que padecimos los que ya rozamos el medio siglo o lo han sobrepasado, de no tener acceso como ahora tenemos a YouTube y demás, que le vemos algunas cosas positivas a ciertos avances. Porque llega a machacar el tener que visionar una y otra vez el mismo play-back televisivo o el mismo concierto alquilado de Deep Purple, Dio, Alice Cooper, que previamente, con un poco de celo pegado en la parte inferior de la original y dos reproductores de video conectados con cable, conseguíamos grabar, para acto seguido devolvérselo a la tienda que los alquilaba, era un ejercicio repetitivo y al que se le iba restando el factor sorpresa cada vez que se finiquitaban aquellos acordes en la Telefunken de turno.
Por lo tanto, no os sintáis extraños, ni que estáis traicionando a vuestra autenticidad si una tarde de domingo con alerta naranja por viento y precipitaciones, caéis atrapados en un par de conciertos de tus australianos favoritos en la época de Bon Scott que existen en la red. Y tampoco es una barbaridad, afirmar convencido, mientras la última aceituna recorre tu esófago alentada por otro trago de cerveza, que antes sin autotunes, pinganillos, claquetas, afinadores digitales y demás… una banda subía la temperatura de todo un Apollo Theatre de Glasgow con tan solo una estrofa y un estribillo del ‘Let there be Rock’. Sirva como muestra, que no he podido parar de mover las pantuflas de cuadros y borrego por dentro en lo que ha durado ese recital de los AC/DC con el bueno de Bon al frente, allá por finales de los setenta.
Salud, que no nos falte. Y Rock… tampoco.
«El Letrastero»

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