“POLITICAMENTE INCORRECTO”

Lo reconozco, y eso que no me gusta generalizar, más que nada, porque los que nos consideramos roqueros por devoción, odiamos todo ese mundo de tópicos y etiquetas por aquí y por allá, pero… considero que el Rock –y especifico, porque existen estilos que son harina de otro costal–, jamás podrá conjugar a la perfección con la política.

El Rock y el Heavy Metal, con todas las variantes que llevan a cuestas, son algo más que un modo de expresión. Te puede gustar más o menos una banda, sí, e incluso no sea afín a tus ideas, vale… pero lo que yo tengo bien claro, es que el panorama político actual deja bastante que desear y buscar un nexo de unión con la cultura… se me antoja hasta complicado. Al hemiciclo y sus comportamientos, por ejemplo, me remito.

Llamadme escéptico, pero no me creo al político de turno cuando se declara muy fan del Rock. Bueno, sí, me la creo, porque está en su derecho y en cuanto a gustos no tiene que haber barreras, pero desconfío de todo lo que venga de las altas esferas políticas, sinceramente.

El Rock siempre ha tenido la misión de concienciar. Yo soy el primero al que le han limado el pensamiento. Aparte de lo que escucho en casa, seré más conciso: los temas de bandas que me gustan y que me han influenciado, han sido mi escuela. Por poner un ejemplo; escuchar de adolescente “Que tire la toalla” de Leño o “Sabes hablar bien (Con tesón)” de Barricada, te va esculpiendo de tal manera en cuanto a pensamiento, y no únicamente político, sino social.

Lo expresó taxativamente en una entrevista Enrique Villarreal “El Drogas”, al afirmar que repasando su carrera, se había dado cuenta que había escrito sobre jodedores y jodidos. Y, yo, he situado al Rock ­–metiéndome a mí mismo en el mismo cuarto–, como esa isla en la que los jodidos y los que se rebelan ante las injusticias, denunciándolas mediante letras musicadas, se exilian para que, desde ese punto geográfico-musical, intentar cambiar un poco el mundo, además de disfrutar. Porque, no lo olvidemos, el Rock es disfrute y felicidad, aunque, evidentemente siempre se traduzca en un acto de rebeldía e inconformismo social.

Y claro, eso incomoda. El Rock, para la escena política siempre será ese grano lleno de pus, que además de molestar, revienta. Por eso, disfruté cuando a Robe Iniesta le entregaron la Medalla de Extremadura y la recogió, no sin antes reivindicar y sacarles los colores a muchas autoridades allí presentes exigiendo que se faciliten espacios para que las bandas locales ensayen, toquen, se expresen, etcétera.

Cansa y mucho, que se ningunee a todo lo que concierne a nuestro estilo musical. Que todos sabemos, y aquí en KMP seguro que muy bien, que a la hora de pedir, por no decir exigir, medios, logística o espacios (públicos) con el fin de montar un concierto o festival –que no deja de ser otra cosa que un acontecimiento cultural–, las trabas cotizan al alta por parte de las instituciones. Porque sí, el Rock es cultura, le pese a quien le pese. Y en un país, en el que se considera a nivel institucional a los toros como tal… pues ya me diréis, qué nos van a contar a nosotros entonces… nada.

Así que, reiteraré de nuevo mi postura sobre el tema, puesto que los políticos… tienen y deben –se deben al pueblo, ¿no?– apoyar el Rock, al igual que dan su respaldo a otras actividades y estilos. Más todavía, cuando estamos hablando de un público que, pese a no ser el más mayoritario, tampoco es una minoría, y eso está bien demostrado a la hora de llenar pabellones o estadios, por no decir, los que se quedan muchas veces sin su entrada, ya que en cuanto a seguidores fieles… que nos lo cuenten a nosotros. Pero ¡ojo! Lo que a mí no me casa para nada, es que el Rock y la política intimen y paseen de la mano. ¿Que vayan juntos? Vale, lo aceptamos, pero de eso a se morreen… no, sinceramente. Como dicen en mi pueblo: Amigos sí, pero la vaca por lo que vale. Y el Rock y sus seguidores tienen su valor.

Y como el Rock es CULTURA, lo es aquí o en Pekín, porque como bien dijo el escritor y periodista gallego Manuel Rivas: “Lo mejor de las fronteras, son los pasos clandestinos”.

Juan Álvarez López «El Letrastero»