Siempre tendemos a criticar en exceso la tan manida irrupción de internet en nuestras vidas, sí, pero, seamos sinceros, para los que prácticamente hemos crecido con una radio –ya vendrían después los auriculares– debajo de la almohada, el descubrimiento de los Podcast ha significado algo tan gratificante como si ahora nos dijesen que existe un disco inédito de Rainbow todavía por descubrir, en lo que vendría a ser un mano a mano entre Ronnie J. Dio y Blackmore.

Para los aficionados a la música Rock, la radio fue asimilada como una aliada, puesto que, lo que se emitía por la televisión ni tan siquiera nos colmaba la sed.

Cada uno de nosotros tendrá evidentemente sus programas radiofónicos favoritos y también los que fueron o siguen siendo de cabecera. En mi caso, recuerdo muchos. Pero, ahora, que según cumplo años y me da por mirar más por el espejo retrovisor de la memoria… añoro, en cierta medida, la precariedad de aquellas sintonizaciones imposibles con la antena tocando alguna pared o una mano; todo valía con tal de que nos permitiese una mejor audición.

 

 

Así, a bote pronto, me viene a la mente aquel “Rompehielos” de Carlos Pina, con el que tocaba trasnochar, pero con el que te llevabas siempre novedades inmortalizadas en la TDK de 90. Documentos sonoros con las que te tenías que conformar hasta que ahorrabas, o aguardabas a que alguien te grabase-prestase ese disco. Y como el sueño, acecha cuando menos te lo esperas, obviando incluso a la pubertad, servidor optó por engañar a Morfeo confeccionando portadas para aquellas cintas de cassette grabadas; con la tijera y el pegamento a mano… una cartulina, revistas de Rock y de Heavy Metal extendidas en la mesa del comedor, mientras resistía con entereza y altruista productividad –artesanal–a las dos horas, en las que el cantante de Panzer nos ofrecía combustible rockero.

Otra universidad radiofónica para mí y muchos de aquellos chavales que teníamos la suerte de vivir en Barcelona o en algún punto de Catalunya fue el programa de Jordi Tardá (“Tarda, Tardá”) en Catalunya Radio. Y digo que teníamos suerte, porque así era, ya que cuando llegaba el verano, y te presentabas en el pueblo de tus antepasados, en el interior de Galicia, con un variopinto surtido de cintas en las que figuraban emisiones maratonianas, de horas y horas de Rock, tus amigos de otros puntos de la península te hacían sentir así: un suertudo de poder sintonizar aquel programa del bueno de Jordi. Más que un periodista, nos hizo de profesor, con esa frase suya tan mítica, con la que daba veracidad a todo lo que ofrecía: Paraula de Stone (Palabra de Stone). De él aprendimos que a sus satánicas majestades no se les debían llamar los Rolling, sino los Stones. Al Cesar lo que es del Cesar.

Todo se permitía. Hasta la cuña publicitaria que anunciaba la emisión y la emisora. Si sonaba en mitad de alguna canción… hacías como si no hubieses oído nada y listo.

Y es que, si a esas edades, con apenas doce y trece años, te ofrecen una parrilla en la que se mezclaban sin ningún tipo de complejo ni etiquetas, una entrevista a Keith Richards, con una llamada al estudio de grabación para que Malcolm Young cuente los detalles del nuevo álbum que estaban grabando –The razors edge–, con otra a Dave Lombardo de Slayer, o a David Bowie, etcétera… te das cuenta que lo que estaba haciendo Jordi Tardá con aquel programa era educarte el oído. No hacerle ascos a un tema de Nick Cave and the Bad Seeds que estaba precedido por otro de Sepultura o Testament, por decir alguno. Esos contrastes eran los que me gustaban de aquellas emisiones.

En dicho programa, disfrutábamos de estrenos musicales con una antelación que se tornaba a veces desesperante: de meses. Ya que era bastante común que, esos discos salían antes en el mercado americano que en Europa. Pero la traca final eran los conciertos –piratas– con un sonido muy aceptable. Esos tesoros con los que se ocupaba la parte final del programa semanal, el cual, todo sea dicho, duraba cuatro horas. Conciertos de Van Halen, Kiss, Metallica, Black Crowes… Robert Plant, Judas Priest, Marillion… y así… infinidad de artistas.

 

 

De aquel programa, aprendí a que cuando un conjunto te gusta… te gusta y punto, por mucho que tengas un estilo, o una etiqueta –qué feo suena esto último– que defina tu predilección musical. El señor Tardá siempre les daba a los artistas un trato amable y de amigo; lo mismo entrevistaba a Ángeles del Infierno que a Santiago Auserón, o llamaba a un estudio de Las Landas francesas y establecía comunicación con unos Barricada que le contaba detalles del nuevo trabajo que estaban cocinando allí.

En resumidas cuentas, en el “Tarda, Tardá” lo mismo te mostraban los últimos movimientos de Paul Simon o Sting, que te presentaba a una nueva banda llamada Brujería. O sorteaban unas entradas para el Monster Of Rock: nunca perdonaré al “Pollo”, que nos hizo de portavoz telefónico y contestó en antena, ante la pregunta sobre la procedencia de la banda estadounidense Metallica… afirmando convencido que eran de New York, pronunciando el nombre de esa ciudad con un acento tan…tan norteamericano, que dejaba a Frank Sinatra en un cantante fronterizo.

Cada uno, como decía al principio de esta entrega, tendrá sus programas radiofónicos y locutores preferidos. El Pirata, Mariano Muniesa, etc. Y, ¡Ojo! Una mención muy pero que muy especial, para toda esa gente que emplea todavía a día de hoy, parte de su tiempo libre para sacar adelante programas en radios locales y piratas. Por cierto, qué precursoras fueron las emisoras piratas. Tal vez estemos ante la raíz de lo que ahora son los Podcast. Radios que divulgaban muchas temáticas, algunas como Radio Bronka o Radio Contrabanda, con una parrilla de programas que nos limaban las inquietudes… culturales y también sociales.

 

 

Por eso, allá por el 2009, cuando descubrí el mundo de los Podcast, en la que podía escuchar y descargarme programas que iba buscando o descubriendo, me pareció como si se tratase de un deseo concedido. No me lo creía. Ya no tenía que estar esperando una semana para escuchar “El Corazón de las Tinieblas” (programa que mezclaba literatura con algo de música. Muy recomendable para oxigenar el cerebro) a la hora que quisiese; en el coche, por la calle con los auriculares, etcétera. Y así, con innumerables.

Ahora, que han pasado los años, los Podcast ocupan un espacio relevante en mi tiempo. Porque, es a lo que iba: a que actualmente, cualquiera puede hacer un programa de radio (me sigue sonando mejor que un Podcast), con dispar calidad en cuanto a contenido, pero lo que realmente me parece muy positivo, es que da voz a algunos que no la tenían, o que esos medios que copan el dial no les concedían.

Por lo tanto, animo a que cada uno busque por temáticas y estilos esos espacios. Que vayan al grano directamente. Porque es una gozada escuchar una tertulia sobre un disco de una banda o temas relacionados con el Rock sin tener que estar esperando o tragándote otras cosas que ni fu ni fa.

Así que, gracias a todos aquellos que siguen subiendo esos programas para que sean escuchados, porque el espíritu de la radio –que dirían los canadienses Rush– no entiende de guillotinas; como ninguna de las variantes culturales con las que nuestro pensamiento se va esculpiendo. Y tal vez, gracias a que estén ahí, para nuestras escuchas, hacen que no nos los pongan delante aquellos que dominan el mundo de las ondas, precedida de una colleja previa para llamarnos la atención… nuestra atención.

Palabra de Rock.