TEMPUS FUGIT, TEMPUS ROCK (DISC ONE)
Tendemos, como seres humanos que somos, a caer muchas veces en las redes de la nostalgia –yo, el primero–, y desempolvamos recuerdos, entre los cuales, se nos vuelven a presentar los gratos momentos en los que el Rock nos agarró del brazo y nos llevó por esos callejones en los cuales se resolvían las ecuaciones de nuestro megalómano espíritu despejando las incógnitas a modo de canciones.
¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? Uf, no me atrevería a afirmarlo. Lo que sí está claro, es que es normal que nosotros, los que andamos por la franja de edad que ronda, pasa, o ha sobrepasado la mitad de un siglo, sintamos un poco de amargor al echar un vistazo atrás.
Me gusta mucho decir –y reafirmarme a la vez– en que el presente y el futuro, también nos pone a mano cosas buenas en lo musical. Ahora, por ejemplo, gozamos de unos avances técnicos y demás, que antes no teníamos. Internet llegó a nuestras vidas y transformó al mundo, y a nosotros también; puede que incluso demasiado.
Sin embargo, en la actualidad, hay que reconocer que es un lujo el poderte enterar de noticias, conciertos, lanzamientos, etcétera, de las bandas y artistas que se encargan de agitar las capacidades cognitivas que se avivan con música de manera instantánea y sin retrasos.
Cuando reflexiono acerca de esto, se me crea como un debate interno entre el par de neuronas que me deben quedar con algo de lucidez, y es que, ciertamente, la llegada de internet a nuestros hogares tiene tantos pros como contras. Ni todo es tan malo, ni tampoco tan bueno. Una de mis neuronas bebe cerveza y la otra 0,0… aclaro.
En la red, ocurre como en la pesca de arrastre: que se consiguen buenas faenas, pero también se quedan enganchadas especies que no se aprovechan y que pueden ser dañinas.
En mi caso, no le recriminaría jamás a un adolescente de ahora que le guste el Rock (en todos sus géneros y subgéneros) que sus coetáneos no se mueven, que no lo viven con la pasión que lo vivimos nosotros, que están acomodados delante de su computadora, y que ni tan siquiera son capaces de escuchar con atención un trabajo discográfico del tirón. No lo haría, porque no creo que sea así, y no sería justo por mi parte. Que nos hubieran traído al mundo ahora a los de mi generación… seguramente haríamos lo mismo o peor todavía.
Porque, si me paro a pensar; me viene a la cabeza una época de mi vida, con trece-catorce… años, la adolescencia vamos, y una situación concreta: cuando hablaba con las amistades de mi ciudad (Barcelona) del pueblo al que iba de vacaciones; una aldea del interior de Galicia con poco más de treinta habitantes por entonces y que servidor define como el paraíso terrenal. Bien, pues cuando les contaba lo feliz que era allí, lo bien que me lo pasaba, y que no me importaría vivir en ese lugar, siempre había una voz que discrepaba de mi opinión, con un tajante: ”Sí, vale, pero no aguantarías sin tus visitas a las tiendas de discos a mirar, buscar y rebuscar. Ni sin los fanzines y conciertos… o garitos (con catorce en alguno nos colamos, shhhh)”
Efectivamente, antes de comprarte algo, habías ido a mirar una docena de veces o más si se terciaba, infinidad de vinilos y más vinilos que vivían, eran toqueteados y dormían en aquellas tiendas de discos con tanto encanto que tampoco ya existen. Y, con esa mínima acción, te dabas por contento, porque éramos hijos de trabajadores y el dinero no salía de debajo de las piedras. Por eso no era extraño que el día que alguno de nosotros se compraba un disco, fuésemos todos en procesión con él hasta esas arterías que se ramificaban de Las Ramblas, custodiando al dichoso y a su adquisición con algún que otro: “Déjame ver la carpeta interior otra vez”.
Ya de vuelta al barrio, sentados en un andén, esperando que el aliento caliente del siguiente metro nos abofetease las mejillas y nos agitase las greñas –cuando alopecia nos sonaba más a nombre de enciclopedia o a una marca de abono para plantas– , intentábamos grabar en nuestras pupilas aquellas fotos en las que aparecían nuestros ídolos. Por poner un ejemplo, la magna carpeta del World Wide Live de Scorpions, fotografiados ellos cinco, cuales atletas, guitarras en ristre y en plan saltimbanquis de Hannover; con poses en las que mezclaba por igual, sudor, derroche y… también sea dicho, mallas de dudoso gusto y… que no se me olvide… reiterado Thank you Californiaaaaaa del amigo Klaus en cada corte del doble vinilo. Está claro que más de uno, con los ojos cerrados, vivimos dentro de aquel “The zoo” que contenía ese directo y a día de hoy, cuando se recurre a su escucha… también, para qué mentir.
Pero bueno, a lo que iba: que así como por entonces un chaval al que le gustase el Rock en el ámbito rural se podía encontrar en mucha desventaja en cuanto a los que vivíamos en las grandes urbes. Les tocaba suscribirse a alguna revista y tirar de Disco-Play, o de los R´n´R dealers que íbamos en verano con cintas grabadas a propósito para abastecer a los amigos del pueblo. Con la llegada de internet, estuvieron en la primera línea, no en todo, pero sí a la hora de información y novedades. Por lo menos, un rockero que viva en un pueblo actualmente no se encuentra tan aislado como en otras décadas, cuando internet no llegaba a los hogares. Aunque, aún queda mucho por mejorar en cuanto a comunicaciones con ciertas zonas.
(Continuará)

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