UN CUENTO DE NAVIDAD

Una canción, solamente una. Será la última. El gozoso viaje a otro estado. Empujar el émbolo sonoro. Que su organismo se impregne otra vez de melodías abrigadas con cuatro acordes bien rasgados.

Él, abogó siempre por una tutoría musical sin tecnicismos ni lenguaje artificial. ¿Le comprendimos? … tal vez.

Una trepanación de estrofas adentrándose en el cráneo. Abriéndose paso, con la liviana convicción de que las cosas que no se toman a la ligera, acaban pesando más de la cuenta.

Iván… “El Tridi” lo sabía. Aquella tarde crepuscular y fría se bajó del autobús metropolitano que conducía a lo largo de su jornada laboral, pero con una diferencia muy significativa: lo acababa de cruzar en medio del Paralelo, literalmente. Y ante el estupor del pasaje, de los transeúntes, y de sus propias neuronas de colmillo puntiagudo y bocado fácil… se dirigió en dirección al puerto de Barcelona gritando: “¡Dadme una canción! ¡Llamadme loco si queréis! ¡Pero quiero una jodida canción, me las han quitado!”

Iván desconocía lo que era quedarse en blanco musicalmente hablando. No sabía solfeo. Ni era un músico lo suficientemente ducho respecto a habilidades interpretativas. No pasó nunca de sus tres acordes ramonianos. Y a lo máximo que aspiró, fue a llegar al cuarto, cual Status Quo. Pero nunca le cuadraban correctamente. Así que, con las falanges sangrando… seguía rasgando en aquellos play-backs maratonianos de directos memorables su flying V blanca, de mástil oscuro.

Fue Ritchie Blackmore con sus Purple y sus Rainbow en el Budokan nipón tocando de espaldas. Michael Schenker respaldado por unos magistrales UFO en “Strangers in the night». Un Eddie “Fast” Clarke de acorde corrosivo; con un viaje al amparo de Lemmy, en el que no se dormía hasta el último rincón del Hammersmith… O Johnny Ramone con las piernas abiertas y la correa aflojada al máximo en aquel fin de año del “It’s alive”. Gregg Allman con sus brothers en Fillmore. Los Young alternándose con la corriente. Mirando de reojo; sonriendo al granuja de Bon a lo largo del “If you want blood…”. Un desbocado Brian Setzer, hurtando con arte el “something else” en un no menos animado Montreux. O un Hendrix a lengüetazo limpio contra las cuerdas, en una superpoblada y jipiosa isla de Wight. Sin olvidar sus “Live after death” de cabo a rabo, o sus falsos directos (más si cabe) emulando a la dupla Tipton/Downing en aquel “Priest Live”.

“El tridi”, no sabía tocar. Nunca compuso una canción, pero se había doctorado en la facultad de la escucha tenaz. Moldeó canciones con tímpano de alfarero en su taller casero de megalomanía enfermiza; robarlas y hacerlas suyas. Las tarareaba; las silbaba; las voceaba y berreaba. En la ducha, al salir de casa, o mientras cocinaba un conejo escabechado un viernes de Pascua, en un acto de heroica herejía, como lo definiría la sabiduría canalla de su amigo “El demon”.

Pero ese día… no era uno cualquiera. Era el veinticinco de diciembre, casi nada… Navidad. Por eso, cuando Iván dejó el autobús articulado de la línea 50 ocupando dos carriles y medio por cada sentido, lo que menos le estaba viniendo a la mente era un villancico. Él ansiaba un rock and roll, una melodía de esas que esquivan obstáculos en la carrera final por aumentar el medallero de cicatrices.

Él quería verse aplastado por una zurribanda de estribillos golpeando de nuevo su sinsentido. Creerse un Slash mediterráneo. Siempre manifestó que le hubiese encantado protagonizar la parte del video clip de “Don’t cry”: cuando el guitarrista pisaba a fondo el acelerador del Mustang. Pegar una última calada chulesca a su cigarro. Sonreír, consciente de que la inquietud es la que reina en ese instante, y poner el punto final a la carrera, con una mueca graciosa… embistiendo el precipicio de un volantazo.

Por eso, nunca os creáis cuentos. O por lo menos, lo que no esté escrito en ellos:

“El tridi”, tras bajar del autobús que conducía cada día, se puso a caminar sin mirar a los lados, a un ritmo frenético, cualquiera diría que el trepidante compás del “Jump in the fire” de unos jovenzuelos de San Francisco le iba marcando el paso.

Entonces, una patrulla de la guardia urbana se colocó justo detrás, ordenándole con tono marcial y desagradable que se detuviera con las manos en la nuca. A todo esto, ya empuñaban sus pistolas. Él, con la mirada fija al frente, los ojos llorosos de rabia acumulada, era inmune a aquellas advertencias amenazantes, así como a los olores de gamba a la plancha que salían de los pisos embutidos de familiares y más familiares, con sus respectivos regalos, ropas de gala, falsedades, mentiras, y puñales pro-espaldas untados con finas capas de paté de hipocresía.

¿Estaba loco? ¿Le faltaba un hervor? ¿Una patata para el kilo?

Nada de eso. Tenía pánico al silencio. Por su mente siempre andaba gateando, caminando, trotando, reptando… una canción. Una entre miles; millones; infinitas. Y ese día: un veinticinco de diciembre, el silencio le cogió por el cuello y lo asfixió.

Ahora entenderá la vecindad que desde hace un lustro, cada veinticinco de diciembre, nos reunamos en el bar que hay a la altura de la calle Nou de la Rambla (Antiguamente Conde de Asalto… curiosidades del destino).

Un policía con miopía exagerada y pulso nervioso apuntó a la pierna… y le dio a “El tridi” en la sien. De ahí que, ese día y no otro, salgamos en procesión a la calle desde la barra del “Brikindelau” con la garganta anudada. Y que, en lugar de un cirio; sostengamos un vaso mediano de perfil levemente ovalado y cuerpo con irregular forma cuadrada… Tres dedos de Bourbon, y un hielo, por favor.

Es por eso que cada día de Navidad, nuestras suelas fantasmales pisen el paso de cebra en el que se quedó el último suspiro de “El tridi”, a lo Abbey Road tú…  en pleno Paralelo (supéranos). Por cierto, me ha chivado Janis que este año me toca de Paul, igual es que me van a reencarnar. Espero, eso sí, que no baje la temperatura… odio el frío en los pies.

Una vez hayamos cruzado a otra dimensión, formaremos una fila entre las dos líneas continuas que separan ambos sentidos de la avenida. Y con un brindis enfocando hacia arriba, libaremos todo el licor, deteniendo el hielo entre los labios, con un mudo: “de aquí no pasas”. Y… a continuación… nos evaporaremos, como se evaporó Iván “El tridi” y gran parte de esos ídolos a los que imitó con su guitarra en forma de flecha y que no forman parte de este mundo, pero sí de otro. Quizá menos crispado y con más Rock.