Me parece llamativo que el Rock no arrastre a las hordas de seguidores jóvenes con la misma intensidad que lo hacía antes. Es muy significativo el hecho de que en los conciertos se echen a faltar esos protagonistas del natural relevo generacional. Antes esas categorías, por la edad, se medían por distancia desde el escenario; según se iban cumpliendo años, tus costillas se iban despegando de las vallas y retrocedías más hacia la mesa del técnico. Disfrutando igual, que quede bien claro, pero evidentemente de otra manera.
Ahora cargamos sobre la juventud mucha culpa, fruto de la falta de una supuesta cesión del testigo a otras manos que se vean capaces de conservar la llama del Rock a lo largo de otro buen puñado de años, y no, no hay que hacer pagar los platos rotos a ellos, en su totalidad no.
Puede que el Rock y los estilos que derivan de él, desde el Metal hasta el Progresivo, y pasando por el Punk también, no estén viviendo su mejor momento, pero… ¿alguna vez lo vivieron? Igual sí, quizá siempre nos sepa eso a poco. Bueno, pues a lo que iba, que puede que ahora las nuevas tecnologías hayan influido para que la juventud no se mueva tanto, de acuerdo. Pero ojo, la llegada de internet ha cambiado a todos, no sólo a ellos. Que muchos ya han nacido con un modem en casa. Así que, por ahí, no sería justo cargar sobre esa supuesta pasividad de los jóvenes.
Muchas veces, pienso que, cuando mis amigos y yo teníamos trece años, y juntábamos entre todos, unas monedas para irnos a la Estación de Sants e invertirlas en una máquina que proyectaba video-clips, y lo mejor, sin duda, era que podías elegir cuál ver. Imaginad lo que veíamos, “Can I play with madness”, “Johnny B Goode” versión Judas Priest, o ese “One” con el cual Metallica se estrenaban en ese mundo del video. Pues, lo que comentaba: todo eso, si nos hubiese pillado en la actualidad… no quiero ni pensar. Si hubiésemos tenido acceso a Youtube y demás plataformas, nada habría sido como fue. De lo cual me alegro. Porque aquellos años de los ochenta y noventa, fueron especiales. A la vez que, llevaban consigo, solapados varios inconvenientes: como la ardua búsqueda de información y el rastreo a mano en las estanterías de cualquier tienda. La de veces que fuimos al centro de la ciudad a preguntar si había salido tal y cual disco. También, a mirar (ojo… mirar) y manosear carpetas que envolvían vinilos que algún día compraríamos con mucho esfuerzo y ahorro. Entonces, eso de tener una discografía de una banda únicamente con un click no existía, porque no estaba a nuestro alcance. No quiero ni pensar qué hubiese sido de nosotros de haber dispuesto de esos “adelantos”.
Los tiempos están cambiando, que cantaba Bob Dylan en los sesenta. Y, sinceramente, siempre estarán cambiando. Para bien o para mal, nosotros, la sociedad, tampoco estamos exentos de esos giros que el progreso, por decirlo de alguna manera, nos invita a agarrar.
Lo de los precios de los conciertos y festivales de grupos de magnitud ya es harina de otro costal. Se ha ido de madre. Porque antes, recuerdo que con algún extra y lo que ahorrabas, te podías permitir, en plena etapa estudiantil, asistir tranquilamente en lo que duraba el curso, de septiembre a junio, a una serie de conciertos que para la juventud de ahora serían imposibles. Empezando por Ozzy Osbourne en la gira ‘No rest for a wicked’, King Diamond, Iron Maiden con Anthrax, Scorpions con Vixen, Barricada reinando por todo lo alto en el trono del rock peninsular, Los Suaves reventando poros de sudor en noches “Zelesteiales”, etcétera.
¿Y eso? ¿A qué era debido? Pues tal vez a que los precios de las entradas eran más asequibles. Borrad ese “tal vez”, porque sería mejor sustituirlo por un “seguro”. Entonces, lo más normal para perderte un concierto era que en casa, por la circunstancia que fuese, no te dejasen ir. Compromiso familiar, viaje, mucho concierto últimamente, tienes que estudiar que estás de exámenes, etcétera. Pero es que claro, no habíamos cumplido ni los 15 como aquel quien dice, y en clase ya se podían divisar camisetas de The Cult, Testament, Megadeth… con las ciudades y las fechas de sus respectivas giras.
Me duele saber que, por lo que a mí respecta, hay grupos a los que no voy a volver a ver actuar jamás. Y no será por desapego o desengaño alguno, sino porque (sea culpa de quién sea, me da lo mismo) me niego a entrar en ese juego de entradas al alza y a precios de clase alta.
Sí, el Rock ha sido toda la vida de la calle, de los barrios, de la gente currante. Y están muy equivocados los que se creen que ese pampaneo y postureo puro y duro que asiste a muchos conciertos, va a llevar a la nave de nuestra música a buen puerto, ni de coña, vamos.
Siempre, pongo el ejemplo de un amigo que tenía la mala costumbre de naufragar en la barra de algún bar de rock (Navegando a muerte, que cantaba el gran Rosendo). Bien, pues entre naufragio y naufragio, perdió la entrada para ir al Olimpic de Montjuich, concretamente a un Monster Of Rock con Metallica y AC/DC al frente. Bien, pues mi colega, trabajando de peón en la construcción, conseguía (maldiciéndose a sí mismo y a las Voll-Damms que lo hidrataban de noche) comprarse otra entrada para ver a sus ídolos. Y no sólo eso, sino que las adquiría en taquilla. ¿Os suena?
Ahora, ni él, ni los jóvenes de hoy en día… ni yo tampoco, y como yo, muchos otros que vemos venir la ola de la cincuentena sobre la tabla del Rock y preparados para el surfeo del futuro… podemos ver a esas bandas a las que cuando no eran pasto de las modas y la foto con el escenario de fondo, nos hacíamos mutuamente de pilar sólido para seguir adelante.
Por lo tanto, que no nos extrañe no ver a jóvenes en los conciertos de las vacas sagradas o primeros espadas. Porque, seguramente, tampoco nos vean a muchos de aquellos a los que Hetfield y compañía invitaban a corear el ‘Seek & Destroy’ con las barbillas irritadas, fruto de nuestros primeros afeitados de adolescencia.
El LETRASTERO
P.D. Sirva como anécdota que, la última vez que vi a AC/DC, que fueron los que me metieron el veneno por primera vez del Rock (Sexto de E.G.B.)… una alarma se encendió en mi mente. Y ya no hablo de la gente que de espaldas al escenario mueve su cuerpo como si estuviese ahí detrás tocando la Banda del Tío Frascuelo en las fiestas del pueblo, no. Hablo de que, cuando sonó “Sin City” (Que el infierno te bendiga Bon), el silencio y la bajuna… por lo menos en la zona que yo me encontraba, fue generalizada. A buen entendedor… triste realidad.









